ADICCIONES ¿VICIO, ENFERMEDAD O DESEQUILIBRIO DEL ALMA?

Debemos comenzar por algo que bien podría ser la conclusión de este post, las adicciones son fruto de sociedades enfermas y, como tal, poco o nada podemos hacer para luchar contra las adicciones si no remediamos primero las enfermedades sociales. En otras palabras, el adicto, lamentablemente, está solo frente al peligro ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo podemos ayudar?

Las adicciones son producto de sociedades enfermas

CÓMO DEFINIR LA ADICCIÓN

La Real Academia Española de la Lengua nos da dos acepciones. Una como “Dependencia de sustancias o actividades nocivas para la salud o el equilibrio psíquico” y la segunda como “Afición extrema a alguien o algo”. El adicto sería una persona comprometida, obligada, con una adicción. Ya podemos ver una nociva desviación sobre el problema de las adicciones. El acento está en la persona, sea bien porque sufre una enfermedad o porque no puede controlar esa afición desbocada. Obviamente podemos exculpar a la Academia de la Lengua y justificar su olvido de las causas porque, simple y llanamente, no es su cometido, pero sí nos da una visión de cómo son tratadas, socialmente, las adicciones. Como dije antes, se quiere presentar el origen del problema en el sujeto, simple y llanamente, porque es el que padece, el paciente. Es algo irrisorio si no fuese que la vida de tantos seres depende de cómo enfoquemos el problema.

El adicto enfrenta la sumisión a sociedades enfermas refigiándose en falsas salidas

EL PODER DE LA ADICCIÓN COMO DEPENDENCIA

Se quiere presentar el problema de la adicción como una dependencia, es decir, la persona no tiene un control sobre su propia existencia, reflejado en sus comportamientos adictivos. Ahora bien, la dependencia es una forma de entender la sumisión, y en este punto es importante resaltar que los modelos sociales imperantes, ayer y hoy, se basan en la transmisión de valores que premian la sumisión. La sumisión al modelo concreto de tu sociedad, la sumisión a la familia, la sumisión a religiones o divinidades de todo tipo, a sistemas de creencias que exaltan lo propio frente a lo diferente, etc., etc. En otras palabras, no vivimos en sociedades en las que se enseñe a la persona a Ser, a descubrir su Ser y desarrollarlo plenamente en armonía social junto a los demás seres, sino a comportarse sumisamente ante los “valores” recibidos. Incluso, en ese individualismo exacerbado del que se jactan cierto tipo de economías, donde la competencia es brutal por ser el primero, el mejor, el que más gane, etc., etc., ese individualismo, digo, es una forma de sumisión, la sumisión al dinero, al placer que puede comprarse con dinero. La contraparte al premio por comportarse sumisamente es el castigo por intentar desafiar a los modelos enseñados y a la autoridad oportuna, sea la propia familia, el Estado, las instituciones educativas, religiosas, etc. En otras palabras, la contraparte que desafía a la sumisión es castigada por no estar a gusto, no entender o no aceptar, esos modelos y/o autoridades o instituciones. El castigo se viste de muchas maneras, desde las modernas, psicodélicas y dispares formas de bullying, hasta la violencia abierta contra minorías por parte de Estados democráticamente totalitarios, tipo China. A nivel familiar, que es el que más afecta a los adictos “tradicionales” (alcoholismo, tabaquismo, juego, drogas duras, sexo), los castigos pueden beber de las más variadas vejaciones, como el insulto o ninguneo sobre el adicto, el desprecio abierto y su indiferencia (huidas o expulsión del hogar) hasta el intento a toda costa de “convencerlo” para que vuelva al redil (terapias de todo tipo, desde las psicológicas hasta las espirituales pasando por todo tipo de brujos modernos), pues la vida es así. En cualquier caso, la sociedad sumisa intentará por todos los medios que los díscolos vuelvan al redil o, simplemente, y en el mejor de los casos, les permitirá morir como han querido vivir, a su aire.

Un ciego no puede guiar a otro ciego por un camino desconocido para ambos

CÓMO ENFRENTAR EL PODER DE LA ADICCIÓN

Para enfrentar la adicción es necesario, ante nada, comprender, al menos, un par de cosas. Primera, la causa que ha llevado a la persona a caer en cualquier adicción (sea la que sea, aunque, como todos sabemos, hay adicciones y adicciones) no está en él, pero él sí tiene el poder de salir de cualquier adicción porque el ser humano tiene en sí algo que englobamos con el término de libertad, de voluntad propia, aunque haya sido pisoteada por todo tipo de insanos modelos sociales que ningunean la libertad propia del individuo. Cuando hablo de libertad me refiero a libertad de Ser, no de tener, expresarse, etc., etc. Segundo, el adicto, cuando cae en las redes de la adicción, rara vez puede verse reflejado en ella. Reconocer la adicción es muy difícil para un adicto, entre otras cosas porque representa su “salida” a la sumisión a la que ha sido sometido. En otras palabras, no es fácil para el adicto reconocer que el remedio, su adicción, es, bajo nuestros criterios y como observadores, peor que la enfermedad, la sumisión a la que fue sometido. En cierta medida, podemos decir que las adicciones son una especie de suicido encubierto, de aliento largo. Raras adicciones matan en la primera jugada, en la primera esnifada, en el primer trago o en la primera escapada a las zonas de confort.

Los sanadores del alma pueden ayudar a quienes han caído en el mundo de las adicciones

Aclarado este par de cosas, toca entrar en dar respuesta al título del apartado, cómo enfrentar el poder de la adicción. Aquel que quiera ayudar a un adicto, debe estar sano. Un ciego no puede guiar a otro ciego por un camino desconocido para ambos, pero ¿sano de qué? ¿a qué nos referimos? Nos referimos al alma, al espíritu. Las adicciones son desequilibrios que no solo afectan al organismo, al cuerpo biológico, principalmente a la mente, sino a ese espacio sutil que conforma el alma. Una persona sana debe estar sana espiritualmente, es decir, debe ser una persona consciente de su Ser, de su Conciencia de Ser. Obviamente, esto no tiene nada que ver con religión alguna ni sus guardianes. Estar abiertos a su Ser, a su Conciencia de Ser significa que son seres que no están contagiados de ese mundo adictivo y sumiso a todo tipo de creencias que han ninguneado al hombre hasta nuestros días. Su alma está conectada a su Ser, su mente y su cuerpo. Aunque parezcan una rara avis, estos sanadores de almas existen y pueden encontrarlos escondidos en muchísimos estamentos, incluso en la llamada medicina moderna. Recuerdo, y con esto termino el post, una experiencia que me dejó un tanto sorprendido. Mi madre, casi octogenaria en ese entonces, tras ser operada de urgencia por un cáncer de mama, visitó a un oncólogo para proseguir su tratamiento y, lo recuerdo como si estuviera ahora mismo frente a él, una de las primeras cosas que le dijo, tras revisar su expediente, y se lo dijo mirándola fijamente a los ojos, fue: el cáncer es una enfermedad del alma.

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