EL EGO SOMETIDO

En las mazmorras del ego, frente a un ego tiránico, hay siempre una legión de egos sometidos y una ingente cantidad de creencias negativas que los alientan a seguir en ese estado de abducción por parte de otros egos. El ego sometido cree tener muchas carencias y vive en un estado de permanente sufrimiento. Como suelen decir no ve la luz al final del túnel, y en esa creencia radica uno de sus problemas. La luz no está al final del túnel, sino dentro de sí mismos. Veamos algunas de estas creencias fallidas que alimentan este ego cabizbajo.

QUÉ PUEDO HACER YO, LA VIDA ES ASÍ

   Parece la estrofa de una romántica canción italiana, pero realmente esconde una creencia fallida en el que se escabulle y pernocta un ego sometido. Viene a decir que la vida es algo ajeno al ego. La vida es algo que te sucede y, obviamente, está fuera de tu control porque la vida es la fuerza de un destino que solo puedes aceptar, jamás doblegar, menos construir. Esta creencia está en las antípodas de lo que realmente eres capaz de alcanzar por ti mismo. La primera parte de la aseveración, qué puedo hacer, es una queja de la peor naturaleza, pues recae sobre ti mismo. Tú mismo, a través de asumir este tipo de creencia, te limitas. La segunda parte de la aseveración sustituye tácitamente el concepto de realidad por el de vida. La vida es así, se transforma en la realidad es así. Tremenda limitación forjada desde el ego sometido, pues la realidad no es algo que se te impone, sino que construyes. Veamos estos dos núcleos, la queja y la realidad, bajo la lupa de la perspectiva del Ser.

   La acción de quejarse es síntoma de una existencia descontrolada, de un ir al garete existencial y espiritualmente. Focalizas tu vida en los otros o fuera de ti, pero no de una manera positiva, sino desde la óptica del desaliento, del juicio. Cuando te quejas estás juzgando y al juzgar estás separando. Te estás separando tú mismo del resto del universo y estás separando a tus semejantes no solo de ti mismo, sino también de la vida. Ambas acciones, separarte tú del universo e intentar separar a los demás de la vida, no solo es inútil, pues todos estamos dentro del círculo inviolable de la existencia en el ser Supremo, sino que acarrea un gasto de energía que te lleva a consumirte en la rutina de una vida que te pesa. Al quejarte lo único que logras es incrementar el peso de esa losa que te has puesto a tus espaldas. Suelen decir que esas personas que se lo pasan quejándose de todo son excesivamente pesimistas, y sí, lo son, pero su peor carga es el sufrimiento que lleva aparejado tal actitud. Como diría Jesús, ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo. Este tipo de actitud no solo intensifica tu sufrimiento, y te hace gastar energía inútilmente, sino que es acumulativa. Comienzas quejándote de una cosa y terminas quejándote, abierta o tácitamente, de todo lo que encuentras a tu paso. La queja se convierte en una huida, en una forma de vida, pero el camino al que te lleva es un laberinto al que han tapiado la salida. En sus predios no encontrarás alivio a ese sufrimiento que te lleva a buscar en la queja lo que está dentro de ti. Sí, si no eres capaz de revertir la mirada e intentar buscar en ti el origen de tu actitud quejumbrosa, seguirás en la ceguera y seguirás con tu dolor a cuestas. Siempre achacarás a los otros, a las circunstancias, a tu crianza, a Dios mismo, a quien sea necesario o a lo que sea necesario, para no responsabilizarte de tus actos y de tu vida. Demasiado miedo acumula a sus espaldas las personas que viven por y para la queja.

Un miedo que, tras esa fachada de prepotencia y queja, solo muestran la fragilidad que sostiene su espíritu. Frente a esta forma de ver y entender la vida debes alzarte contra ti mismo y rescatar al Ser que eres, que está esperándote, no para ayudar a quejarte, sino para aprender, día a día, segundo a segundo, a convivir en paz, contigo mismo y con los demás. Cuando comienzas a sentir que todos, absolutamente todos, formamos parte de un Todo y que todas nuestras diferencias no provienen de la Fuente a la que pertenecemos, sino de la volatilidad y ceguera del ego, comienzas a sentir la inutilidad de seguir separados. No se trata de unificar criterios y vivir sin diferencias, pues es inútil, ya que el pensamiento es tan variado como consciencias hay en el universo, sino de lo que se trata es de dejar de ser pasto de nuestro egocentrismo, y ver en las acciones de los demás lo que nosotros también podríamos hacer. Si hay algo que no nos guste de alguien o de alguna acción, la queja no es el camino, sino el diálogo, es decir, la búsqueda de un acuerdo. Si tu actitud de reconciliación o de intento de acercamiento no obtiene frutos, no te quejes. Busca otras soluciones o simplemente aléjate de esas circunstancias, pero jamás te quejes si la otra u otras personas no comparten tu posición y no llegan a un acuerdo. Cada persona tiene su momento para todo y ese momento es propio, intransferible e inviolable.

Una forma de ayudar en la práctica a otros a superar su estilo de vida quejumbroso no es imponiéndoles tu paz mental, no es dándole razones para que depongan su actitud, pues, como dije, cada cual tiene su momento para todo, sino no siguiéndoles en su inercia de quejas. Cuando sigues la atención de alguien que se queja, le estás dando alas a su ego. Tu atención alimenta sus quejas, y a la postre su ego, y alcanza su objetivo de seguir sufriendo y sintiendo no amor por sí mismo y por los demás, sino lástima de sí mismo. La mejor ayuda que puedes hacer si tienes amistades con este tipo de problemas es dejarlas con la palabra en la boca y si realmente es una amistad sincera, no se molestará, sino que verá que tu actitud en cierta medida la habrá ayudado, pues habrá desviado el objeto de su queja. En caso de que quien se queje sea una persona a quien no conoces, como puede suceder en algún tipo de reunión, etc., busca la forma educada de hacer saber que debes salir del evento. Ante un orador que lo único que hace es quejarse, nada como una sala vacía para ayudarle a superar ese ego fatalista que nace de las quejas.

   La otra parte de la creencia fallida de qué puedo hacer yo, la vida es así, se trata de la falsa percepción de que la vida es algo ajena a nosotros, que es algo que se nos impone, algo que sufrimos o padecemos, pero de la que no tenemos control y mucho menos poder de construir. Esto es un engaño, quizá el mayor engaño que podamos padecer. No hay mayor ceguera que vernos a nosotros mismos como simples marionetas de la vida. La vida, la realidad que tenemos la construimos nosotros mismos a través de nuestros pensamientos y emociones. Quizá esa percepción de que la vida es así parte del hecho mismo de que al nacer e ir creciendo y desarrollando nuestro ego, lo hacemos en una realidad que está fuera de nosotros. Sí, y justo esas realidades, esas creencias que nos van moldeando, no son nuestras y por eso mismo debemos crear nuestra propia realidad. Sin embargo, hay quienes mantienen, y yo comparto, de que incluso el recién nacido ha elegido a qué familia, a qué nación, a qué cultura llegar. Desde esta perspectiva, esa elección es parte del aprendizaje que quiere tener ese Ser, que se prepara para ser una unidad de Ser-mente y cuerpo en su manifestación humana. Pero volviendo a la medula de la creencia referida a la que me estoy refiriendo, la realidad no es de esta u otra manera, la vida no es así o de aquella otra forma.

Hay un espacio de realidades que se construyen a través de tus pensamientos y emociones. En un mismo edificio, con personas que pueden compartir cultura, un mismo medio socio económico y otras afinidades, tiene distintas realidades. Es más, sin ir más lejos, dentro de una misma familia, dentro de un mismo núcleo familiar ¿quién duda que haya realidades, vidas, distintas? En medio del llanto, hay risa. En medio de la tristeza, hay alegría. En medio del sufrimiento, hay placer. En medio del dolor, hay alivio. En medio de la guerra, hay paz. En medio del ansia de la muerte, hay ansias de vida. La realidad, la vida, no la construyen las circunstancias por sí mismas ni nadie ajeno a ti, sino que tus pensamientos, tus emociones, son las que te llevan a las circunstancias precisas que te harán vivir la realidad que piensas y sientes a través de tus emociones. Nunca digas que la vida es así, pues tú eres el creador de tu vida. Cuando el ego se entrona a sí mismo, aunque sea a través de ese ego sometido, que permite sumisamente que otros egos lo dominen, y se separa de la realidad, de la vida, el mayor reto a vencer es volver a tomar las riendas de tu vida en tus manos. Y el camino para ello es permitiendo emerger al Ser que eres y que tome el timón de tu vida y tu realidad. Cuando piensas desde el Ser, la realidad que manará de ti estará en sintonía con el Ser Supremo, pues tu Ser comparte con Él el poder creador. Esta sintonía te hará vivir en plenitud contigo mismo y con todos los Seres que comparten contigo espacio, tiempo y vida. Pensar desde el Ser, repito, no es convertirse en una especie de santurrones, de filósofos barbudos, de monjes célibes, de pasotas de la vida. No. Pensar desde del Ser es trascender el ego sin lastimarlo, sin dañar esa indisoluble parte que también somos. No se trata de destruir al ego, sino de encauzar sus aguas al río del Ser.

Tomado del libro CREENCIAS FALLIDAS

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