SER O NO SER: LA FELICIDAD EN TIEMPOS DE GOOGLE

   La felicidad no es asunto de falsos yoes, ni de épocas, ni mucho menos de ideologías. La felicidad es un estado, un estado del Ser. Por eso, el ego, ese yo vanidoso, la razón lógica, analítica, que construye creencias en base a experiencias, es tan mala brújula para alcanzar ese estado. Ve felicidad en procesos, en efímeras realidades que intenta atrapar y acaparar. La felicidad, al ser un estado del Ser es, como él mismo, perenne. No somos seres infelices en busca de un puñado de felices momentos. Somos felicidad pura que olvida su estado por el empeño de un yo, de una falsa razón, que, en su desarrollo, olvidó el Ser que es. La felicidad no está afuera de ti, eres tú mismo cuando estás en sintonía con el Ser que eres.

Un hombre feliz, cuya felicidad procede del Ser que es, es un poderoso creador de realidades para sí mismo y es capaz de expandir esa felicidad a su alrededor y entre quienes lo rodean. Un hombre así feliz encuentra el camino hacia su realización como ser humano, como individualidad en comunión con todo el conjunto de individualidades que pueblan este universo. La felicidad que procede de la razón, del ego, sin embargo, es transitoria, no llena, no es capaz de contagiar a nadie, sino de crear envidias y reconcomios. La felicidad que procede del Ser asume que la vida humana es un tránsito para disfrutar y expandir el Ser que se es a través de la experiencia en este hermoso planeta.

La felicidad que procede de la razón solo ve limitaciones en esta vida humana y en vez de ser creadora, destruye. El yo que actúa de tal manera nunca se siente pleno porque encuentra que la felicidad es algo a alcanzar y no un estado del Ser mismo.  Siempre hay algo nuevo que alcanzar, piensa, y en cada nuevo objeto de felicidad, va dejando tras de sí un rastro de infelicidad manifestada en un vacío, en una falta de plenitud. Nada le alcanza. La felicidad se convierte en algo que vive en el pasado o en algo que se ve en el futuro y, de esta manera, se aleja de la verdadera felicidad, que solo vive, como el Ser mismo, en el presente. No se puede obviar algo tan claro. La felicidad es algo que se siente en presente porque somos presente puro. Eso no quita, ni mucho menos, rechazar la razón que somos. Es bueno repetirlo para no dar la falsa imagen de que lo que se pretende en este libro es crear una especie de súper-hombre. No. Primero ya saben que la pretensión principal de este libro es servir de ayuda a agitar, despertar conciencias para alcanzar una armonía de convivencia basada en el Ser que todos, absolutamente todos, compartimos. Segundo, no olvidemos que somos, humanamente, una unidad indisoluble de Ser-razón-cuerpo. No me gusta expresarme sobre la evolución humana en forma de etapas, pues estás se pueden dar o no, sino más bien en forma de proceso, que siempre se da. La humanización del animal humano es un proceso irreversible. Bien, desde este enfoque, la felicidad que somos porque está enraizada en nuestro Ser está en pleno proceso de alcanzar a la razón que también somos.

   ¿Qué nos aleja, más concretamente, de la felicidad que procede del Ser? Sabemos que el yo, esa falsa identidad del sí mismo, impone su forma de entender la felicidad y esta se entiende sobre todo como un llegar a tener. Sí, la felicidad que enseña la razón encierra en sí la carencia, quiero aquello que no tengo. Y ese no tener está muy directamente relacionado con las condiciones materiales de vida, que cada época entenderá a su manera. La felicidad se busca afuera de nosotros y por líneas generales se compra, en el peor de los casos, se arrebata. Incluso aquellos que defienden la felicidad, que procede de la razón, cuando se alcanza el amor, cuando alguien se siente enamorado, suele venir acompañada de la sensación de tener el amor anhelado, no de emanar felicidad por llegar a encontrar al Ser con quien quieres compartir la vida. No obstante, el acto de enamoramiento es un acto que, cuando es sincero y parte del Ser que somos, y no de la razón o de otros impulsos más carnales y sensuales, suele ponernos en contacto directo con la felicidad que somos.

Cuando nos enamoramos tenemos la oportunidad de conectarnos con el Ser que somos pues en ese momento la razón humana, el yo humano, el falso yo humano, al conectarse directamente con otra razón, con otro yo, recibe, por decirlo de algún modo entendible, un shock emocional positivo y este shock se traduce como una apertura a la vida misma. En ese momento realmente vivimos a plenitud ese presente y, como dije de alguna manera, el presente es el tiempo del Ser. Cuando nos enamoramos sentimos todo el poder que tenemos en nuestro Ser y nos sentimos capaces de hacer y alcanzar cualquier locura. El amor no es ciego, lo que realmente se ciega es la razón, el falso yo. Por eso esa incómoda expresión que recorre nuestro mundo de google y que intenta decirnos que ya no existe el amor, que todo es interés, que con pan y cebolla ya no se puede enamorar nadie. Quien habla así son los falsos yoes pues se sienten amenazados por la fuerza que emana del Ser enamorado. Realmente el amor no solo es capaz de rescatar al Ser de las mazmorras del olvido, sino de crear la realidad que cada cual quiera.

   Para aquellos que opinan que este mundo es un valle de lágrimas, les recuerdo que esa creencia no tiene fundamento en el Ser que son, sino en ese yo que fueron moldeando con su existencia y experiencia. Es muy probable que, para llegar a esa creencia, crean tener buenos motivos, quizá hayan vivido en carne propia o hayan visto a sus alrededores mil y una penurias, y hayan llegado a la conclusión de que este mundo es un infierno en sí mismo y que, de existir un paraíso, no está en este mundo. Lamento decirles que esas mil y un penurias que se han materializado en su mente como una creencia, como una verdad, absoluta, no es más que un espejismo que se materializa en la razón por la misma forma de procesar la información que le llega. Sí, igual que el Ser está en conexión directa con el universo mismo en un estado atemporal, de eterno presente, la razón solo puede procesar las realidades de una en una. Esa misma limitación le hace asociar a sus resultados el carácter absoluto. Por decirlo de algún modo, en alusión a una vieja leyenda oriental, la razón solo puede palpar parte del elefante, no todo su cuerpo.

Y el problema surge no de las limitaciones de ella, sino de no reconocerlas como tales y dar el carácter absoluto a lo que es una simple parte. Lo diré de otro modo. Este mundo, nuestro mundo humano, no es un valle de lágrimas. La razón, el falso yo, lo convierte en un valle de lágrimas porque de ese modo puede expandir sus dominios y seguir dejando al Ser que somos en aras del olvido. Cuando haya más Seres que hombres, el valle de lágrimas dejará paso a valles más fértiles de felicidad y prosperidad. Mientras tanto recuerde que eso no depende de otros, sino de cada uno de nosotros y la forma de alcanzarlo es trascendernos a nosotros mismos. Si se quiere realmente cambiar el mundo, hay que empezar por uno mismo. Solo usted puede cambiarse a sí mismo. Y, sí, uno de los mayores obstáculos que tiene que vencer la humanidad es el odio y este nace, muchas veces, por la frustración de intentar cambiar a los demás y no lograrlo. De ello hablaré en el próximo capítulo.

Tomado del libro EL HOMBRE FALLIDO

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